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La pintura, fraguada en el silencio, tiene algo de rezo.

No hay una fórmula, pero sí un deseo, una búsqueda, anhelo de unión con lo sagrado.

 Cuando sucede que la pintura va más allá de uno, el pintor, como espectador, observa el resultado de haber sido instrumento.

En esos casos, solo sale dar gracias y volver a empezar con la certeza de que una gran parte del resultado no depende de uno.

Esta serie de  acuarelas hablan de mi experiencia de Dios. Pintadas con toda intención, son gratitud y llamada. 

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